Me quedé en el despacho unos segundos después de que la puerta se cerrara. Todavía sentía el roce de sus dedos en la muñeca. Todavía percibía su olor en el aire. Las armas seguían sobre la mesa. Los mapas. Las fotos. Todo ese mundo violento que no entendía y en el que me había hundido sin querer.
Recordé sus palabras: “Reza por mí, Viktoria.”
Cerré los ojos. No quería rezar. Quería gritarle. Quería haberle dicho la verdad. Pero la verdad era demasiado grande para mi boca.
Subí a mi habitación c