No pude dormir.
El crucifijo estaba sobre la mesilla, brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Lo había dejado ahí, sin guardarlo, sin colgármelo al cuello. No podía. Cada vez que lo miraba, veía la mano de Ciro poniéndolo en mi palma. Toma. Es tuyo. Como si con ese gesto estuviera diciendo algo más. Algo que no quería entender.
Me levanté. Necesitaba caminar. Necesitaba aire.
La mansión estaba en silencio. Los guardias de la puerta principal me vieron pasar pero no dijeron