No soltó mi mano.
Se quedó así un momento, con mis dedos entre los suyos, como si esperara que yo diera el siguiente paso. Pero yo no sabía cuál era el siguiente paso. No sabía nada de esto. Toda mi experiencia con los hombres se reducía a lavarles la ropa, servirles la cena y esquivar sus miradas en el mercado.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
—Un poco —admití. Era mentira. Estaba aterrada.
—¿Quieres que nos sentemos primero?
Asentí. Me llevó hasta la cama. Nos sentamos en el borde, uno al la