Ciro me dijo que me llevaría a un lugar especial. No quiso darme detalles. Solo me pidió que hiciera las maletas y confiara en él. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, lo hice sin dudar.
El avión privado nos dejó en una pequeña isla del Mediterráneo. Un lugar que no aparecía en las guías turísticas. Una playa de arena blanca, aguas cristalinas y una villa rodeada de buganvilias. No había guardias. No había hombres armados. No había amenazas. Solo estábamos nosotros dos.
—¿Te gusta? —preguntó