Las órdenes del médico duraron exactamente tres días.
No porque su cuerpo fuera más fuerte. No porque la herida fuera menos grave. Sino porque Ciro era terco. Terco y obstinado como un animal herido que se niega a morir.
Al amanecer del cuarto día, encontré la cama vacía.
Sentí un vuelco en el pecho.
—¿Ciro?
No respondió.
Salí de la habitación casi corriendo.
No hizo falta buscar demasiado. La puerta del despacho estaba entreabierta.
Empujé con fuerza.
Y allí estaba.
De pie frente al enorme ma