Evité a Ciro durante dos días enteros.
No desayunaba con él. No cenaba. Si lo veía en un pasillo, cambiaba de dirección. Si oía su voz, me iba a otra habitación. Era un comportamiento infantil, lo sabía. Pero no podía mirarlo a la cara después de lo que había pasado. Después de aquel beso. Después de haberle correspondido.
Después de descubrir que, por mucho que intentara negarlo, todavía podía hacerme sentir cosas que no quería sentir.
El problema era que Ciro no parecía dispuesto a facilitarm