El coche se detuvo frente a la entrada principal. Las puertas de la mansión se abrieron antes de que pudiéramos bajar. Y allí estaba Rosa.
Llevaba el mismo delantal de siempre, las mismas manos manchadas de harina, el mismo moño canoso. Pero tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Sabía que volverías, niña —dijo, abrazándome con una fuerza que no esperaba—. Siempre lo supe.
—Rosa... —susurré, con la voz quebrada.
—Déjame verte. —Me apartó un poco y me examinó de arriba abajo—. Estás más delgada. Y