El viaje duró dos días.
Dos días enteros encerrada en un coche con Ciro, con Enzo al volante y Cael durmiendo sobre mi regazo. El paisaje cambiaba por la ventanilla, pero yo apenas lo veía. Mi cabeza estaba demasiado ocupada intentando procesar todo lo que estaba pasando.
Cael dormía la mayor parte del trayecto. Agotado por la despedida, por la emoción, por todo. Y en los silencios, cuando el niño no hablaba, Ciro intentaba llenarlos.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
—No.
—¿Quieres que paremos?
—No.