Dicen que el hambre tiene olor. Yo sé que es verdad. En mi casa olía a pan duro, a ropa húmeda que nunca terminaba de secarse y a ese sudor agrio que deja el cansancio cuando se acumula durante años. Ese era el perfume de mi vida. Y no conocía otro.
Me llamo Laira. Tengo veintidós años. Soy la mayor de seis hermanos, aunque a veces siento que soy la madre de todos ellos. Mi madre, Carmen, nos trajo al mundo pero fue como si hubiera parido y luego se hubiera rendido. Yo fui la que enseñó a Samue