No dormí.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la misma frase.
"Ya he dado mi palabra."
Cuando amaneció, me levanté antes que todos. Preparé el desayuno con lo poco que quedaba: un poco de pan duro remojado en leche aguada y café de cebada. Mis hermanos comían ajenos a todo, peleándose por la última rebanada como si fuera un juego.
Los observé en silencio.
Samuel reía con la boca llena.
Lucía le limpiaba las migas de la cara.
Y yo no podía dejar de pensar que quizá esa sería la últim