—Puedo leerte como un libro, niña. No eres nada especial, y sé que tienes tus garras sobre mi hijo, pero aquí mando yo. Así que jugarás según mis reglas o te enviaré de vuelta con tu hermana en una cajita. ¿Me entiendes?
Parpadeé ante ella, apretando mis manos hasta convertirlas en puños.
Se levantó lentamente, colocó las manos sobre la mesa e inclinó su cuerpo hacia adelante, manteniendo sus ojos fijos en mí.
—Pregunté. ¿Me. Entiendes? —Pronuncia lenta y amenazadoramente.
Miré a Román y vi qu