Saqué mi pistola y la presioné contra su frente. Sus ojos se abrieron como platos y me dio cuenta de que la había cagado. Tenía su vida en mis manos, y ella lo sabía.
La empujé al suelo y trató de escapar, me resultó divertido verla arrastrarse hacia atrás sobre su trasero. Nunca hay que huir de un depredador. Nos encanta la cacería.
—Rebel, detente —ignoré la voz mientras daba otro paso. La habitación estaba en un completo silencio. Un movimiento en falso y le volaría la puta cabeza.
—¡Detente,