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El champán helado en mi garganta sabía a horrible, pero era lo único que me mantenía en pie.
A mi derecha, la abuela Eleonora mantenía la espalda rígida como una columna de mármol, saludando a los embajadores con esa sonrisa ensayada que dominaba desde hacía medio siglo. A mi izquierda, Julian vestía su esmoquin hecho a medida con la elegancia pulcra y calculadora de siempre.
Para todos en este salón repleto de arañas de cristal y joyas millonarias, éramos la estampa perfecta de la aristocracia: los Sinclair y los De la Croix, la unión invencible.
Nadie veía las grietas.
Nadie sabía que bajo mi vestido de seda color marfil llevaba la sombra de tres abortos espontáneos y el peso de una dinastía que se desmoronaba en mi vientre.
—Vuelvo en un momento —murmuró Julian cerca de mi oído. Su aliento olía a whisky caro; su voz no tenía el menor rastro de afecto.
Lo vi caminar hacia el área del bar y detenerse a saludar a una mujer joven de cintura diminuta.
La mujer no guardó el menor decoro: rozó el brazo de Julian con los dedos, inclinándose hacia él para susurrarle algo con una sonrisa descarada, devorándolo con la mirada sin importar que yo estuviera a pocos metros.
El no se alejó; al contrario, le devolvió una sonrisa de complicidad que jamás le había visto dedicarme a mí.
El pánico me oprimió el pecho. Una punzada fría de humillación me recorrió la espalda. Ella sí podría darle un hijo. Una mujer como ella podría quitarme lo único que me quedaba en este matrimonio de papel.
—Deja de mirarlos así, Victoria —la voz de la abuela cortó el aire a mi lado, baja, elegante y afilada como un bisturí—. Zorras como esa solo están buscando un error, una mínima oportunidad para meterse en la cama de hombres casados y arrebatar lo que no les pertenece. No les des el gusto de verte temblar. Compón la figura y vigila lo que es tuyo.
Ni siquiera me miró al decirlo; simplemente se dio la vuelta para atender a un grupo de condesas.
Volví la mirada hacia el bar justo a tiempo para ver cómo le hacía una leve señal con la cabeza a la joven. Ella caminó primero hacia el pasillo lateral y, apenas unos segundos después, mi esposo la siguió disimuladamente, perdiéndose ambos hacia la zona privada.
Incapaz de respirar, dejé la copa sobre la mesa más cercana y caminé tras los pasos de Julian. Necesitaba encararlo.
Necesitaba que me mirara a los ojos y me dijera que solo era una paranoia mía.
El ruido de la orquesta fue quedando atrás, reemplazado por el eco de mis propios tacones contra el mármol del pasillo. Al doblar hacia el corredor de los sanitarios, el lugar estaba desierto, pero un sonido ahogado me hizo detener de golpe.
Eran jadeos. Golpes secos, ritmados y violentos contra la madera.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Avancé despacio, con el cuerpo temblando, hasta la entrada del baño de hombres.
La puerta principal estaba entreabierta.
Me deslicé en silencio y me acerqué al fondo, donde una de las cabinas tenía la puerta casi entornada.
Me asomé por la rendija.
Y mi mundo se detuvo.
Julian estaba allí. Tenía la chaqueta del esmoquin tirada en el suelo y la camisa desabotonada.
Tenía a la misma mujer acorralada contra el azulejo frío, levantándole el vestido con una agresividad que me heló la sangre.
La tomaba del cabello con fuerza, embistiéndola de forma salvaje, bruta, animal. Ella gemía contra su cuello y él dejaba salir un gruñido grave, oscuro, sin el menor control.
Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito.
Ese no era mi esposo.
El hombre que me tocaba a mí con una frialdad mecánica, el que convertía el sexo en un trámite aburrido, plano y silencioso para buscar un heredero, no existía ahí dentro. Conmigo era un témpano de hielo; con ella era una fiera hambrienta.
El problema jamás había sido la pasión. El problema era yo. Para el yo solo era una incubadora defectuosa.
El dolor me atravesó el pecho, pero en cuestión de segundos, la tristeza se evaporó. Una rabia hirviente, negra y corrosiva tomó su lugar.
Giré sobre mis talones sin hacer ruido y caminé hacia la salida. No lloré. No le iba a dar el gusto a mi abuela ni a la alta sociedad de verme rota.
Salí al aire frío de la noche, ignorando al valet que me ofrecía ayuda, y me subí a la parte trasera del primer coche con chofer privado que encontré.
—¿A dónde la llevo, señora? —preguntó el conductor mirándome por el espejo.
Agarré la botella de licor del minibar del auto, le quité el tapón y bebí directamente, sintiendo el ardor rasparme la garganta.
Miré mi reflejo en el cristal: la rubia perfecta, vestida de alta gama, destruida por dentro.
—Al centro —dije con la voz ronca por el alcohol y la ira—. Al club más oscuro y prohibido que conozca.
Esta noche la esposa perfecta de Julian Sinclair se iba a morir.
Y me aseguraría de arder en el infierno en el intento.
El auto se detuvo en una calleja oscura del centro, frente a una puerta discreta iluminada por un neón rojo que parpadeaba.
El chofer me miró por el espejo retrovisor, dudando.
—Señora... este no es un lugar para alguien como usted —dijo con cautela, recorriendo con la vista mi vestido de alta costura y los diamantes de mi cuello.
Sin responder, saqué dos billete de cien dólares del bolso y se lo tiré sobre el asiento del copiloto.
—Cierra la boca —dije con la voz rasposa por el alcohol—. Y habrá otros doscientos para ti si me das tu número y me recoges cuando te llame. Sin preguntas.
El hombre clavó la mirada en los billetes, los tomó de inmediato y garabateó su número en una tarjeta antes de pasármela. La avaricia le borró cualquier atisbo de duda.
Guardé la tarjeta, bajé del auto sin mirar atrás y empujé la pesada puerta del club. El neón rojo de la entrada marcaba una sola palabra: L'Éden.
Me tragué el último trago de la botella de un golpe. Frente al espejo de la entrada, me arranqué las horquillas y dejé que mi cabello rubio cayera suelto sobre los hombros. Se acabó la compostura.
Empujé la puerta interior y la música me retumbó directo en el pecho.
El lugar era una locura desenfrenada. Olía a sudor, perfume caro y alcohol. Luces neón cortaban la penumbra de un ambiente saturado de deseo y desinhibición. Era el infierno puro, y me adentré en él.
Caminé directo a la barra y pedí tres shots seguidos de tequila. El líquido me quemó las entrañas, pero la rabia que llevaba dentro solicitaba más fuego. Veía a la gente bailar, tocarse, perder el control... todo lo que en mi vida perfecta y estéril tenía prohibido.
Incapaz de quedarme quieta, arrastrada por la marejada de alcohol y despecho que me nubla el juicio, atravesé la multitud. Alcé la vista hacia una de las tarimas centrales que en ese momento estaba vacía, iluminada apenas por un reflector carmesí.
Si para Julian yo solo era un témpano de hielo, esta noche le iba a demostrar al mundo lo contrario.
Sin importarme las miradas, me subí a la tarima.
Al principio, mis movimientos eran torpes, rígidos por la falta de costumbre y el mareo, pero a medida que el ritmo pesado de la música me envolvió, dejé caer los hombros.
Me desabroché los primeros botones del vestido de seda marfil, dejando al descubierto la curva de mis pechos, y pasé las manos por mi cuerpo en un baile lento, salvaje y desesperado.
No era una rutina profesional; era un grito de auxilio disfrazado de provocación. Cerré los ojos, contoneando las caderas al compás del bajo, sintiendo cómo los murmullos de la multitud empezaban a elevarse a mi alrededor.
La música llegó a su fin.
Sofocada, mareada y con las mejillas ardiendo, bajé de la tarima casi tropezando. Me abrí paso entre la gente hasta encontrar un área de privados con cortinas de terciopelo rojo, dejándome caer en uno de los sillones.
Un mesero se acercó de inmediato, impresionado y cauteloso.
—Señora... ¿se encuentra bien?
Saqué un fajo de billetes de mi bolso, lo tiré sobre la mesa con frialdad y lo miré con la vista borrosa por el alcohol y la ira.
—Tráeme la botella más cara que tengan —ordené arrastrando las palabras—. Y quiero un privado. Tráeme al mejor stripper que tengas aquí... no me voy a ir hasta que me den lo que vine







