Alejandro
El Cristal Roto
La puerta de la sala de confinamiento se cerró detrás de mí. No fue el deslizamiento silencioso y controlado habitual; fue un cierre firme, un clic de acero que selló no solo a Isabella y Adrián, sino también mi propia vergüenza. Me alejé por el pasillo de mármol de Carrara, sintiendo que cada paso resonaba con el eco del llanto de mi hijo.
El llanto. Un sonido puro, incontrolable, que había destrozado mi armadura con más eficacia que todos los billones de dólares gast