Alejandro
El Cristal Roto
La puerta de la sala de confinamiento se cerró detrás de mí. No fue el deslizamiento silencioso y controlado habitual; fue un cierre firme, un clic de acero que selló no solo a Isabella y Adrián, sino también mi propia vergüenza. Me alejé por el pasillo de mármol de Carrara, sintiendo que cada paso resonaba con el eco del llanto de mi hijo.
El llanto. Un sonido puro, incontrolable, que había destrozado mi armadura con más eficacia que todos los billones de dólares gastados en la caza. Grité. Yo, Alejandro Cifuentes, el hombre que no muestra fisuras, que opera con la precisión de un algoritmo, había perdido el control y aterrorizado a la única persona que había movido el universo para recuperar.
Me encerré en mi oficina, mi santuario de lógica. Las luces estaban bajas. El silencio era total, salvo por el zumbido constante de los servidores que gestionaban mi imperio. Caí en el sillón de cuero, sintiendo una náusea profunda.
He fracasado.
No en la logística. La