Isabella
El Peso del Lino
Las semanas se convirtieron en un ciclo de tortura y precisión. Mi vida se había reducido a la rutina de Adrián y la guerra de la no-reacción.
El lino egipcio de la cama era un recordatorio constante del precio de mi derrota. Cada mañana, me despertaba en el lujo helado de esta jaula dorada, y cada mañana, renovaba mi voto de Ceniza. Yo ya no era la fugitiva; era la prisionera que había encontrado la única forma de libertad que Alejandro no podía confiscar: la calma.
Él había diseñado la prisión para la histeria. Para el llanto, el ruego, la rebelión. Eso le habría dado el control total y la justificación legal. Mi Protocolo de la Verdad, susurrado a Adrián bajo el ojo de las cámaras, era mi contramedida. Pero mi Protocolo del Silencio era mi escudo.
Cuando Alejandro entraba en la habitación, yo no lo miraba con odio, ni con desafío. Lo miraba con la indiferencia profesional que se reserva para un socio de negocios que acaba de fallar estrepitosamente.
Él act