Isabella
Habían pasado tres meses desde que regresamos de Zapallar, y la intensidad de mi vida con Alejandro se había convertido en un veneno de acción lenta. El regreso no había sido una coronación, sino una reclusión. La verdad que compartimos no nos hizo más libres; nos hizo más dependientes, y para mí, esa dependencia se había manifestado en una aniquilación silenciosa del espíritu.
El búnker, antes símbolo de mi escape, era ahora mi cripta de mármol.
Dejé de crear. Mi estudio, bañado por la luz impecable de la mañana, seguía inmaculado. Los bocetos de nuevas colecciones de alta costura, que antes me llamaban con urgencia, ahora me parecían ejercicios fútiles en la decoración de una jaula. ¿Para qué diseñar moda que solo verían modelos, fotógrafos y los silenciosos socios de Alejandro? ¿Para qué vestir un imperio si yo no podía caminar por sus calles?
Mi cama se había convertido en el único santuario. Pasaba horas mirando el techo, analizando las intrincadas grietas que solo yo po