Isabella
El regreso a Santiago fue un descenso de la euforia a la cruda realidad. El helicóptero nos depositó en el helipuerto privado, y el ascensor silencioso nos devolvió al búnker, nuestro refugio impenetrable. En Zapallar, bajo el cielo abierto y el rugido del mar, el pacto se sintió épico, ineludible. Pero aquí, entre paredes de ébano pulido y cristal blindado, el acto de la noche anterior se sentía como una mancha, un pecado que no se lavaba con el lujo.
Los días siguientes transcurriero