Capítulo 34

Isabella

El regreso a Santiago fue un descenso de la euforia a la cruda realidad. El helicóptero nos depositó en el helipuerto privado, y el ascensor silencioso nos devolvió al búnker, nuestro refugio impenetrable. En Zapallar, bajo el cielo abierto y el rugido del mar, el pacto se sintió épico, ineludible. Pero aquí, entre paredes de ébano pulido y cristal blindado, el acto de la noche anterior se sentía como una mancha, un pecado que no se lavaba con el lujo.

Los días siguientes transcurrieron en una neblina de pasión. Alejandro, liberado de su secreto más oscuro y convencido de que su "verdad" había asegurado mi lealtad eterna, se había vuelto insaciable. Su amor, ya obsesivo, se había elevado a una devoción casi religiosa. Me seguía con la mirada por las habitaciones, interrumpía sus llamadas de negocios para venir a mi estudio y besarme sin previo aviso, y llenaba cada espacio de silencio con declaraciones de pertenencia.

—No tienes idea del peso que me quitaste de encima, mi Fén
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