Alejandro
El rugido del jet privado se sentía como un susurro comparado con el estruendo de mi propio pánico. El aire dentro de la cabina era puro, filtrado, pero yo sentía la asfixia. Cada milla que nos acercaba a la costa chilena, a Zapallar, me parecía un paso hacia mi propia ejecución.
—¿Estás bien, Alejandro? —preguntó Isabella.
La miré. Estaba sentada frente a mí, envuelta en una manta de cachemira, sus ojos oscuros fijos en los míos. Ya no eran los ojos de la niña asustada que rescaté; eran los de una mujer que sopesaba pruebas. Ella me había desafiado. Ella me había preguntado si nuestro amor era dueño. Y yo, en un acto de desesperación calculado, le había ofrecido la única verdad que me quedaba para salvarme: el origen de mi oscuridad.
—Nunca estoy bien cuando me acerco a ese lugar —admití, mi voz áspera. Odiaba esa vulnerabilidad, pero sabía que era mi arma final. La verdad, dosificada con miedo, era el pegamento más fuerte.
—No tienes que ir, sabes. Puedes enviarme sola —di