Capítulo 32

Isabella

Había pasado un año completo.

Desde la noche que huí, mi vida era una ecuación resuelta: lujo infinito, poder ilimitado y el amor obsesivo de Alejandro. La Fundación Fénix no era una empresa; era un imperio en expansión. Mis colecciones de diseño de alta costura se exhibían en pasarelas privadas en Milán y París, moviendo millones, todo bajo el manto impenetrable de la Fundación. A mis diecinueve años, yo era un prodigio, la joven enfant terrible que había surgido de la nada con un talento descomunal y un respaldo financiero insondable.

—Eres perfecta, Isabella —me había dicho Alejandro la noche de mi último éxito. Él estaba arrodillado frente a mí, desabrochando mis tacones, un gesto de sumisión que me encantaba y me aterrorizaba a partes iguales—. Les diste una lección de excelencia. Te diste una lección.

Pero mientras miraba mi reflejo en los cristales de mi estudio, con la ciudad extendiéndose a mis pies, la sensación de triunfo se había vuelto amarga, como champán desgas
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