Cuando el último paciente de la mañana se retiró, Gabriel se quitó la bata blanca, se lavó las manos y tomó su celular para hacer una llamada.—Salgo en un momento.
La voz al otro lado de la línea sonaba entre el bullicio. Era Mateo, hablando con su habitual tono escandaloso.
—¡Gabriel! Ya me vine al comedor con los demás. Esa supuesta sobrina tuya lleva un buen rato esperándote afuera. Como casi nunca viene, llévala a comer algo rico por ahí, ¿no?
Gabriel, que ya se dirigía a la puerta con el ce