Cuando la vio entrar, Maximiliano arqueó una ceja.
—¿No que preferías morirte de hambre antes que volver a poner un pie en esta casa?
Regina se plantó frente a él, furiosa.
—Fuiste tú, ¿verdad?
Maximiliano observó su rostro: el maquillaje corrido, los ojos enrojecidos y las pestañas húmedas; era evidente que había llorado. Sintió una leve punzada, pero una sonrisa despreocupada, casi insolente, se dibujó en su cara.
—¿Yo? ¿Hacer qué?
—¡Mateo! ¡Tú mandaste a que lo golpearan!
A Regina le temblaba