Maximiliano entrecerró los ojos.
—¿Asco?
No era la primera vez que Regina le decía que le daba asco, pero en esta ocasión él distinguió en su mirada una aversión inequívoca.
—¡Sí, asco!
Regina soltó, con los dientes apretados:
—Decir que eres un patán sería un halago. Eres escoria, y me arrepiento tanto de haberme fijado en ti.
Las pupilas de Maximiliano se contrajeron bruscamente y una opresiva quietud invadió la sala.
La observó un instante con una expresión gélida, y luego, en lugar de enfure