Al escuchar la insinuación, a Regina le dieron ganas de darle una cachetada.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Gabriel la soltó y volvió a meter las manos en los bolsillos de su pantalón. Con actitud despreocupada, añadió:
—Espero tu respuesta.
Dicho esto, retrocedió y le cerró la puerta.
Regina temblaba de coraje. Incluso después de subir a su departamento, no se podía controlar. Por un momento, consideró la idea de comprar otra casa y mudarse.
Pero el impulso fue tan fugaz como intenso.
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