A las siete de la noche, Leo llegó a casa. Al encender la luz, notó que la sala estaba vacía. Fue directo a la recámara y, al abrir la puerta, se encontró con una oscuridad total. Las cortinas estaban corridas, pero un débil resplandor del exterior dejaba entrever la brasa de un cigarrillo.
Encendió el interruptor y entonces lo vio, sentado en el sofá. Sebastián no pareció percatarse de su presencia; ni siquiera se movió, siguió fumando.
Leo se acercó con la cena en la mano y, en su tono de siem