Varias miradas se posaron sobre ella.
—Nos están viendo —dijo Alicia en voz baja y suave—. Regresa a tu lugar. Ya que lleguemos a la casa, hablamos con calma.
—Claro.
Regina se secó las lágrimas mientras se levantaba para volver a sentarse en el sofá de enfrente. La comida entre madre e hija fue muy amena. Pronto, Alicia notó algo: casi todas las personas en el restaurante eran mujeres. Apenas vio a dos hombres en todo el lugar.
En la mesa de al lado, una madre y su hija, idénticas, comían tranquilamente. En diagonal, tres mujeres de mediana edad charlaban tan animadamente que sus voces llegaban hasta ellas. Incluso tres señoras mayores pasaron junto a su mesa.
El restaurante parecía un pequeño jardín, con canastas colgantes por todas partes. Cada mesa tenía un jarrón de porcelana blanca con nubes, lilas y crisantemos. Pero en el jarrón de la mesa de Regina, solo había un clavel.
Alicia lo observó con una sonrisa de satisfacción.
—Qué bonito lugar.
Regina pensó que se refería a la comi