—Este chocolate es carísimo, ¡cuesta una fortuna! —comentó Militza después de buscar el precio en su celular.
—Regina es un amor, siempre nos trae las mejores cosas. ¡Vero, apúrate o nos lo acabamos todo!
—Adelante, yo estoy muy ocupada.
Verónica estaba revisando un envío. Últimamente las ventas habían sido buenas y necesitaban reponer el inventario, sobre todo las piedras en bruto. También habían contratado a algunos recién egresados de diseño de joyas, pero después de un par de errores, ni ella ni Regina se sentían tranquilas, así que preferían revisar todo personalmente.
Regina se acercó y dejó su bolso sobre una mesa.
—Tómate un descanso. Yo me encargo.
Verónica levantó la vista y la miró con picardía.
—¿Qué? ¿Ya te pidió matrimonio Sebastián?
—Claro que no. Solo fue a comer a mi casa, es todo. Apenas llevamos saliendo un rato.
Regina y ella se conocían desde hacía mucho tiempo. Tenían la misma edad y, aparte de Andrea, eran las mejores amigas. Verónica tomó un chocolate y se lo me