Quién lo diría. Su hijo estaba a punto de cumplir los treinta y se había convertido en un soltero divorciado. Para colmo, Regi ya tenía novio, así que cualquier posibilidad entre ellos se había esfumado.
—Regi es una muchacha tan buena… Si no te hubieras divorciado, a estas alturas tu papá y yo ya seríamos abuelos.
Silvia seguía resentida con su hijo. No entendía cómo se le ocurrió meterse con la hija de Mariana.
—Te lo advertí mil veces. No le faltaban pretendientes, te dije que la cuidaras, pero no, tenías que fallarle… En fin, supongo que no era para nosotros. Me da gusto que esa niña por fin encontró a alguien que la valore…
Mientras su madre seguía con su letanía, Gabriel se levantó y caminó hacia la salida.
—¿Qué te pasa? ¿A dónde crees que vas a estas horas?
Pero su hijo ni siquiera volteó; se fue. A Silvia le palpitaban las sienes del coraje. Agarró el celular y le marcó a su esposo. En cuanto le contestaron, estalló.
—¡Se acabó! No pienso meterme más en los asuntos de tu hijo.