Al escuchar la voz de su madre, Gabriel se masajeó las sienes y se incorporó en el sillón. Silvia se acercó y el olor a alcohol que emanaba de su hijo la golpeó de lleno. Abanicó el aire con la mano y, con una mueca de asco, se sentó en el sofá individual más alejado de él.
—Mírate nada más. Ya vas para los treinta años y llegas a casa en este estado, sin nadie que se preocupe por ti. Dime una cosa, ¿así eres feliz?
—¿A qué viniste tan tarde?
Silvia notó el fastidio de su hijo y desvió la mirada hacia la sala. No venía muy seguido, pero se dio cuenta de que la decoración y los muebles seguían exactamente igual. Todo conservaba el aspecto de cuando Regi todavía vivía ahí; pero ahora, ella ya tenía novio. Le dolía la cabeza solo de pensarlo y ver a su hijo en esa situación.
Tiempo atrás, había amenazado con romper todo lazo con él, pero era su único hijo. Si Gabriel no tenía descendencia, toda la fortuna de su rama familiar pasaría a manos de la familia de Aurelio. Su suegro siempre habí