Al escuchar la voz de su madre, Gabriel se masajeó las sienes y se incorporó en el sillón. Silvia se acercó y el olor a alcohol que emanaba de su hijo la golpeó de lleno. Abanicó el aire con la mano y, con una mueca de asco, se sentó en el sofá individual más alejado de él.
—Mírate nada más. Ya vas para los treinta años y llegas a casa en este estado, sin nadie que se preocupe por ti. Dime una cosa, ¿así eres feliz?
—¿A qué viniste tan tarde?
Silvia notó el fastidio de su hijo y desvió la mirada