Él se encargaba de asar la carne y ella, de comerla. Regina nunca se había imaginado que algún día su ídolo la atendería de esa manera.
Mientras observaba su atractiva cara y la delicadeza con que la trataba, sintió que, como su novia, no podía ser la única que comía. Tomó un trozo de carne con su tenedor, sopló para enfriarlo y se lo acercó a la boca.
—Prueba este.
Sebastián le echó un vistazo. Ella se dio cuenta de que era el tenedor que ella había estado usando y pensó que a él le daría asco.