Sebastián Sáenz se enteró por ese diablillo de Emilio que Gabriel estaba hospitalizado por una herida. A las once de la mañana, encontró la habitación y, sin molestarse en tocar, giró la perilla y entró directamente.
Gabriel estaba hablando con Alan. Al escuchar el ruido, ambos voltearon.
—Señor Sáenz —dijo el asistente, muy respetuoso.
—Ajá —respondió Sebastián, y sin más, arrastró una silla para sentarse con toda la confianza del mundo.
Examinó a su amigo con una sonrisa burlona y levantó una