Regina vio que él también tenía la cara golpeada. El moretón que le rodeaba el ojo le pareció ridículo. Lo ignoró, cerró la puerta a sus espaldas y se dirigió hacia el elevador. Gabriel la siguió. Pero ella se detuvo en seco y se dio la vuelta para encararlo.
—¿No te quedó claro lo que te dije ayer? —dijo, con la cara seria, recalcando la última palabra con un tono hiriente—. ¡Cuñado!
Gabriel mostró su enfado, sacó su celular y, tras buscar un momento, le mostró la pantalla.
Regina bajó la vista