Alguien se acercó desde el interior y la puerta no tardó en abrirse.
—Qué bueno que viniste.
Regina vio que los ojos de Alicia estaban rojos; era claro que había llorado y se veía demacrada. Se le arrugó el corazón al verla así.
—Mamá…
Alicia se secó las lágrimas deprisa y forzó una sonrisa.
—Pasa, pasa.
Tomó a la joven de la mano para que entrara y cerró la puerta a sus espaldas. Regina vio que el señor Valderrama también estaba ahí.
—Papá.
Javier estaba sentado en una silla. Al verla, asintió