Gabriel fue quien ordenó; pidió todos los platillos que le gustaban a Regina.
Y a él también le gustaba lo que ella comía.
Cuando terminó de ordenar y el mesero se retiró con la carta, ella cruzó los brazos, se enderezó en su asiento y le lanzó una mirada escéptica al hombre que tenía enfrente.
—¿Qué pretendes?
No era ingenua. Se dio cuenta de que no era una coincidencia.
—Solo quería cenar contigo —respondió él con calma.
—¿La cena de despedida?
Él se quedó sin palabras.
Sintió que el dolor de