Regina y Maximiliano acababan de entrar al restaurante y justo al sentarse le sonó el celular.
Lo sacó y vio que era la abuela de Gabriel.
—Señora.
—¡Regi, me torcí el pie!
Su expresión cambió con sutileza.
—¿Hay alguien con usted para que la cuide?
—Sí, aquí están, pero no puedo comer. ¿Crees que podrías traerme una hamburguesita y pollo? Y también ese frappé de uva que tomamos la otra vez. Llevo días sin antojo de nada, siento que vivir ya no tiene chiste.
Se quedó sin palabras. Sabía cuál era