La copa en la mano de Gabriel se detuvo a medio camino. Sus labios se apretaron hasta formar una fina línea y tardó un buen rato en hablar.
—Al principio, sí era feliz con ella.
—O sea que ahora ya no lo eres.
No lo negó.
Sebastián Sáenz lo observaba servirse una copa tras otra sin parar, y comentó con indiferencia:
—Si ya no pueden seguir juntos, divórciense. Con tus recursos, no debería ser tan complicado.
—Ella me pidió el divorcio, pero no acepté.
Él pareció sorprendido. Lo miró, levantando