En el carro, Regina miraba por la ventanilla con la cabeza ladeada, mordiéndose el labio con fuerza y sin decir una palabra.
Pero su cara enrojecida dejaba claro que estaba furiosa.
Gabriel se incorporó a la avenida y habló serio.
—Nunca estuve de acuerdo con tus condiciones.
Al principio, ella no reaccionó. Tardó unos segundos en entender a qué se refería.
Entonces, se enfureció todavía más y volteó a verlo, indignada.
—¿O sea que tú sí puedes andar de coqueto con Mónica, pero yo no puedo ni sa