Regina apartó el celular y vio cómo la pantalla se apagaba.
Aunque el divorcio había sido idea suya, ahora que él aceptaba, no se sentía para nada feliz. Había creído que él se negaría, que no podía dejarla ir, tal como le había dicho.
Y ella, como una idiota, le había creído todas sus mentiras.
Rio con amargura. La risa se fue quebrando hasta que las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Se las secó con la mano, respiró y volvió a guardar el celular.
—No es para tanto. En este mundo, lo