Cuando Gabriel despertó, ya no había nadie entre sus brazos.
Se incorporó, pero no vio a Regina por ninguna parte de la habitación.
Al bajar y no encontrar a nadie en la sala, arrugó la frente.
Justo en ese momento, su padre regresaba de su caminata matutina. Al ver bajar a su hijo, le dijo con una amplia sonrisa:
—Vaya, hoy se te pegaron las sábanas.
Había dormido con una profundidad que no recordaba en años. Ya eran las siete. Era la primera vez que le pasaba en mucho tiempo.
—¿Y Regi?
—Ah, ¿b