Gabriel arrugó la frente sin decir nada. Aparte de Lisa, lo rodeaban siete u ocho de sus amigas, y muchas otras miradas se clavaban en ellos, acompañadas de murmullos.
Era el único hombre presente, y no le gustaba mucho lidiar con mujeres. La abrumadora mezcla de perfumes le provocaba una jaqueca que le martilleaba las sienes.
Al ver que la ignoraba, Lisa se puso a platicar con Regina. Él se quedó a un lado, como un adorno.
A Regina tampoco le encantaba estar rodeada de tanta gente. Después de