Regina tenía unos ojos preciosos. Cuando estaba contenta, se arqueaban en una sonrisa que contagiaba alegría a cualquiera. Pero en ese momento, los tenía inundados de lágrimas, con el blanco enrojecido por el llanto incesante que dejaba al descubierto su tristeza.
Gabriel la observó así y sintió piquetes en el corazón. Se desabrochó un botón de la camisa y se apartó de ella.
Poco después, se escuchó el sonido de una puerta al abrirse y cerrarse.
Se había ido.
Ella se levantó, se arregló la ropa,