Silvia tomó sus cosas para marcharse, pero Regina insistió en acompañarla a la puerta.
—Tú sigue en lo tuyo, que me acompañe Gabriel.
Él hizo una mueca de fastidio.
Su madre le lanzó una mirada y él, resignado, la siguió fuera del departamento.
Una vez que la puerta se cerró y llegaron al elevador, Silvia habló.
—¿Todo bien entre ustedes estos días?
Notó que su madre no se andaba con rodeos.
—¿A qué quieres llegar?
—Solo quiero que seas bueno con ella.
Observaba la cara de su hijo. Era muy guapo