Gabriel observó la expresión triunfante de Andrea. Era curioso que una chica como ella no tuviera ni una pizca de vergüenza.
—Por favor, ya no le metas ideas raras en la cabeza.
—¿Raras? ¿A poco no te gustó? Pobre de Regi, la trajiste en jaque esos dos días. Hasta le vi las marcas que le dejaste en el cuello…
—Bueno, ya. Dale esto a Alan, yo le digo que se encargue.
Gabriel llamó a Alan, le pidió que entrara y le dio un par de instrucciones rápidas. Mientras Andrea salía con él, con la memoria U