Lyra estaba recostada en la cama, con el cuerpo cansado y la mirada perdida en las grietas del techo. El refugio de los vampiros era silencioso, demasiado silencioso para su gusto. No había aullidos, ni el sonido del viento chocando con las ramas, solo el eco apagado de pasos lejanos y murmullos de los vampiros afuera.
Desde que había despertado, su mundo se había reducido a esas paredes frías de piedra, al calor sofocante de una manta y al ardor constante en su pierna herida.
Intentó moverse