Cuando llegamos al coche, me da la vuelta y me empuja contra la puerta. Su frente encuentra la mía y nuestros alientos, profundos, se funden en el escaso espacio que separa nuestras bocas. Su erección resulta dolorosamente dura contra la parte inferior de mi abdomen.
Por Dios, lo quiero aquí y ahora. Me da igual si a la gente le da por mirar.
—Voy a follarte hasta que veas las estrellas, Addison. —Su voz es áspera cuando mueve las caderas contra las mías. Lanzo un gemido—. Mañana no vas a