—¿Cómo van las cosas con Marcus D’monte? —pregunta. Paolo tiene especial interés en que el libro nuevo le agarde a su socio.
—Lo que tengo entendido es que llega el Viernes —digo mientras me siento en mi escritorio—. Me ha mandado por correo electrónico algunas ideas. Y estoy avanzando con los capítulos del libro.
Paolo echa un vistazo al manuscrito que llevo en las manos. A él siempre le ha gustado leer el trabajo terminado y bien pulido, era como una sorpresa para sí mismo, por eso todo es