No me da tiempo a prepararme para la intensidad y la velocidad que se aproxima.
Me levanta una pierna hasta la cintura, se coloca y se hunde en mí empotrándome contra la puerta con un bramido. Yo grito.
—No grites —me ordena.
No me da tiempo a adaptarme. Me penetra repetidas veces, con fuerza, una y otra vez, y hace que toque el cielo de placer. Aprieto los labios para evitar gritar y dejo caer la cabeza sobre su hombro con delirante desesperación.
—¿La sientes, Addison? —dice con los diente