Me siento un poco culpable. No me costaba nada telefonear a Dan para decirle que iba a estar fuera de la ciudad unos días.
Un camarero deja una bandeja en la mesa, ahorrándome así más preguntas. Todo el mundo toma su bebida y mis tíos exclaman con entusiasmo al ver sus vasos llenos de alcohol. Miro mi vaso de agua con el mismo poco entusiasmo que siento por él y suspiro al ver la copa de vino de mi tía.
—Bueno, ¿qué van a querer? —pregunta ella—. Yo creo que voy a pedir la mariscada.
Me inclino