Niego débilmente con la cabeza, como la cobarde patética que soy. Se merece una explicación, pero no sé por dónde empezar. Mi cerebro ha echado el cierre, como si me estuviera protegiendo de lo inevitable: Nick va a perder el control. Ya está al límite.
Me toma bruscamente de la barbilla y la levanta para obligarme a mirarlo. Tengo los ojos llenos de lágrimas, pero veo con claridad meridiana su expresión de dolor.
—Lo siento —sollozo. Es lo único que se me ocurre. Es lo único que debería decir.