—Ay, nena —susurra con cariño—. ¿Te encuentras muy mal?
—Fatal. —Intento poner morritos, pero mi cuerpo exhausto no me deja. Estoy de pie delante de él, con los brazos caídos y sin vida. Me compadezco de mí misma.
Me toma en volandas y me lleva a la cocina.
—Iba a preguntarte por qué no estás desnuda.
—Ni te molestes —gruño—. Te vomitaré encima.
Se ríe, me sienta en la encimera y me aparta el pelo de la cara macilenta.
—Estás preciosa.
—No mientas, White. Estoy horrible.
—Addison... —me regaña