Traslada la boca a mi oreja. Pasa la lengua por el borde de mi lóbulo y le acerco la mejilla en busca de una caricia más profunda. La sombra de su barba es una vieja conocida. No paro de estremecerme. La sensual rutina de sus labios me provoca un hormigueo constante en cada centímetro de mi piel. Luego abandona mi oreja y se aparta.
—Abre los ojos, nena.
Tengo que echar mano de toda mi decisión para obedecer y ver cómo se quita la camisa. Su piel ligeramente bronceada y su cuerpo tonificado son